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domingo, 14 de septiembre de 2014


Cuando Francis Fukuyama anunció que la caída del Muro de Berlín era el fin de la historia, les juro queridos lectores, que no lo creí. De hecho, leí el libro “El fin de la historia y el último hombre” (1992) para ver por qué hacía semejante declaración, y el texto me pareció de una inocencia casi suicida.
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Creer que la naturaleza humana es pasible de cambiar de esa forma de un día para otro, y que la humanidad de aquí en más gozaría de las mieles de la democracia, era por lo menos cándido, rayano con lo… bueno, no debo usar las expresiones que aprendí en el barrio.

Por más que desde hace años vivimos en zozobras, tengo la firme impresión que marchamos hacia una etapa crítica de la historia.

Mi pesimismo no se basa en las pestes, inundaciones o desastres climáticos. Éstos son azarosos y cíclicos. Nada podemos hacer, más que resignarnos.

Tampoco me preocupa (demasiado) la deliberada obstinación de nuestra presidenta. Éste será un tema anecdótico que discutirán los historiadores en el futuro. ¿Acaso su actitud frente a los holdouts fue en defensa de la soberanía u oportunismo político? La criptomnesía nacional lo teñirá del matiz político que le quieran dar en la oportunidad, según el gobierno de turno y las modalidades existentes. ¿Entregar tierras a China es “soberanía” y no pagar las deudas por un dictamen judicial es “hacer patria”?

En menos de 50 años pasamos de “tirano prófugo” y la primera tiranía (así versaba mi libro de historia en 1970 para referirse a Juan Perón y Juan Manuel de Rosas) para pasar al “Día de la Soberanía” y celebrar el 17 de Octubre.

Debemos entender que estamos fuera de la mira del mundo; quebramos y nadie se mosquea, solo se preguntan cómo es que somos tan imbéciles de llevar un país magnífico a este nivel de deterioro.

Los problemas del mundo pasan por otro lado.

El problema de la humanidad radica en el peligro fundamentalista que empuja a choques de culturas, y aún al enfrentamiento entre personas de la misma creencia.

Esta es una Guerra Santa y es del todo semejante al fundamentalismo cristiano que fanatizó a los Cruzados hace mil años.

Entonces era menester tomar Jerusalén y se hizo a sangre y fuego, a un costo enorme.

Hoy el islamismo está embarcado en el mismo fundamentalismo y divide al mundo. Por el terrorismo islámico la aeronavegación se ha convertido en una tortura. La economía mundial se ve entorpecida para frenar el financiamiento de ejércitos subversivos. Siria pasó de ser enemiga de occidente a ser aliada sin que nadie esté seguro de cuando volverá a ser su enemigo. Miembros de la colectividad judía debaten si deben o no contener la agresión palestina, mientras llueven bombas (literalmente) sobre Israel.

En África secuestran niñas, en Asia matan kurdos y decapitan periodistas ante las cámaras de todo el mundo. En Malasia matan poblaciones enteras y sabemos qué pueden hacer cuando se adueñan de un avión en los EE.UU.

No hay lógica que los contenga ni dialogo que los asista. Solo entienden sus principios y los demás son enemigos. Blanco y negro. A favor o en contra. No hay matices.

Estados Unidos duda. El Vaticano solo expresa buena voluntad. Europa cavila porque la población musulmana ahora está en sus calles. En breve la mitad de la población europea en las grandes urbes será islámica.

Esta guerra religiosa llegará a todos los rincones del mundo con nefastas consecuencias. Nadie será ajeno. La AMIA y la embajada de Israel son los mejores ejemplos.

Dejemos la inocencia de lado, el mundo se ha radicalizado por una forma de pensar ajena a nuestro entendimiento. Cuando hay pasiones, religión y retaliación de por medio nada se entiende

La historia nunca termina.

Creer que es así es no haber entendido como funciona la naturaleza humana y no haber comprendido que siempre hay un día después, aunque los excesos de las partes nos hagan temer que puede no quedar nadie para contar ese día después.
omarlopezmato@gmail.com